Este es una de las tantas historias de surf que relata Chris Ahrens en su libro “Amor por el mar”, donde comparte protagonismo con grandes nombres como Mickey Muñoz, Greg Noll, Phil Edwards, Pat Curren y demás genios de la tabla.
La verdad es que no se a ciencia cierta como llegó el libro a mis manos, pero ya no recuerdo todas las veces que lo he leído. De todas formas, leyéndolo dejas al lado el deporte que practiques y te centras en lo que significa el título “amar el mar”. El siguiente relato es uno de mis favoritos del libro, aquí os lo traigo y espero que disfrutéis tanto de él como yo lo hago.

Tres de nosotros llegamos al pico llamado Garbage en los Sunset Cliffs. Allí estábamos en el risco con un puñado de surfers, que como nosotros, estaban comprobando la marejada del norte. Las olas eran de 3 a 5 pies, ligeramente terral, y moderadamente ocupadas. Hacia el sur, seis o siete rompientes se levantaban y cerraban una tras otra. Hacia el norte, media docena mas con 12 o 15 surfers cada una. Nadie habló mientras comprobábamos el área de Newbreak a Luscomb, donde una ola rompía a media milla de donde nos encontrábamos. Alguien que remaba nos pareció familiar incluso desde allí: rubio, bronceado, remando de rodillas, con braceos profundos y fuertes. Eva evidente que estaba surfeando con un longboard muy grande.
La mayor parte de nosotros lo habíamos identificado antes de que cogiera ninguna ola, y aquellos que se encontraban cerca también estaban observando para ver la ola que cogería.
Giro, sin remara, arriba, entrada limpia tras el pico, empujando la tabla a un giro perfecto. Y encintes caminando, deslizándose como un pelícano hacia el nose y hacia atrás, un cutback, y otro giro caminando hacia el nose, no completamente hasta la punta pero a 30 centímetros de ella, permaneciendo allí con los pies en paralelo y arqueando la espalda con la ola rompiendo alrededor. Quién seria el primero en comentar lo obvio. La salida con firma, sin vacilación, sin romper el estilo lo sellaron.
Mientras el hombres pasaba de sus pies a las rodillas no tocó la superficie de la tabla con sus manos. Ahora, todos los ojos estaban clavados en él. Volvió a remar de vuelta sin bajar el ritmo, un hombre con su poder y con una edad en la que la mayor parte se han retirado a deportes de Club de Campo.
Mientras el remaba, dos voces soltaron simultáneamente lo que todos sabías: “Ese es Skip Frye”. Los otros señalaron con la cabeza y sonrieron, y se dieron cuenta de que habían sido testigos de un sutil pero gran logro deportivo, una minimalista declaración suprema.
II
Recientemente estábamos en San Onofre un atardecer de verano, aparcados junto a la furgoneta Dodge de Skipe y Donna Frye cuando Hank Warner se acercó y me dio la ultima entrega de su “vida como un gremmie en San Diego”. Como es habitual fui entretenido e informado. Entonces Hank dirigió mi atención al techo del coche de Frye donde una pala y dos rastrillos, “Las herramienta de Frye”, las llamó, estaban atadas junto a algunos longboards. El mas corto de ellos había sido fabricado, y era propiedad de Mike Hynson, que se encontraba allí aquel día para surfear.
Frye, según contó Warner, había llegado temprano a la playa, limpiando con el rastrillo los desechos de neutra sociedad de plástico, y había arreglado un espacio para él y sus amigos en la arena limpia. Había hecho eso con el mismo estilo con el que hacia todo; con cuidado y elocuencia. Así era como había construido los escalones en Pacific Beach Point para los ancianos, que durante años no habían podido caminar por el sendero para disfrutar de la orilla del mar.
Hank se fue a surfear mientras Donna volvía, y con su habitual generosidad nos ofrecía comida y bebidas. Ella, al igual que Hank, tenía una historia que contar sobre el hombre al que amaba.
“Tengo que contarte esto”, dijo, intentando infructuosamente contener la emoción. “El otro día”, empezó, “el viento estaba soplando terral, y Skip estaba surfeando frente a la tienda de Crystal Pie. Había surfeado solamente unas pocas olas cuando vio una mariposa en el agua. Había sido lanzada allí por el viento y le era imposible volver a la playa. Skip paró, cogió a la mariposa, la puso en su pelo todavía seco, y cogiendo una ola surfeo hasta la arena. Entonces caminó de vuelta de a la tienda, tomo la mariposa de su pelo y la puso en un lirio de Pascua que había sobre el mostrador.”
Pensando que era el final de la historia, le dije, “Conociendo a Skip, debe de haber encontrado un significado espiritual a eso”.
“Oh, si lo había”, contestó Donna, que todavía no había finalizado la historia. “Mi abuela comentaba bromeando a Skip que la llevara a surfear. Skip siempre le contestaba de la misma forma, diciendo “Hoy cogeré una por usted abuela”. Justo en el momento en que mi abuela moría, Skip estaba surfeando esa ola con la mariposa”
Una semana, mas o menos después de escuchar esa historia, entré en la tienda de Frye, “Harry’s”, y caminé hacia el lirio de Pascua en el mostrador donde la mariposa estaba posada, todavía sujeta al corazón de la flor. Aparentemente había dejado este duro mundo tan calladamente como había llegado, y sus alas estaban juntas como en una callada oración.
Mientras yo pensaba en el significado de la historia, Hank Warner, quien comparte el edificio con los Frye, entró en la tienda en dirección al lirio de Pascua.
“Al principio me sentí mal por la pequeñaja”, dijo Hank, refiriéndose a la mariposa, “pero entonces pensé, ¿cuántas mariposas han surfeado una ola con Skip Frye?”
Skip y Donna Frye viven en Pacific Beach -San Diego- donde tienen una tienda, Harry’s Surf Shop, junto a Hank Warner. Frye construye algunos largos y bellos surfboards.